La cumbre que las cinco grandes economías emergentes o BRICS (Brasil,
Rusia, India, China y Sudáfrica) acaban de celebrar en la ciudad
sudafricana de Durban comenzó con gran redoble de tambores, pero acabó
con sordina. El convenio de canje de divisas suscrito previamente por
China y Brasil aparecía como el aperitivo de acuerdos de mucho mayor
calado, en particular la creación de un banco de desarrollo que sirviera
de contrapeso al Banco Mundial y al FMI.
La iniciativa, aprobada por el quinteto el año pasado en Nueva Delhi,
se presenta como la base de un nuevo orden financiero mundial: un
“banco sur-sur” que ayude a los países en desarrollo y desafíe a los
organismos dominados por las potencias occidentales. Los BRICS, sin
embargo, no pudieron apuntalar en Durban su primera institución. No hubo
acuerdo en cómo financiar el banco, ni dónde situar su sede, ni cómo
articular la toma de decisiones.
Esta quinta cumbre de los emergentes ha reflejado, una vez más, sus
enormes disparidades: la economía china es 20 veces mayor que la
sudafricana y cuatro veces más grande que la rusa. Las diferencias
políticas y las inevitables rivalidades tienen también un peso
inocultable.

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